21 ago. 2016

Los juegos de mi infancia

Hace 40 veranos los juegos olímpicos fueron en Montréal... y en el balcón de casa. Sí, con unas cartulinas pintadas, mi hermano y yo montamos una ceremonia de apertura y otra de clausura. El mecanismo era bien sencillo. Media cartulina tenía forma de copa y hacía de pebetero, con su minimalista logo, una montrealense eme sobre los aros, dibujadito. La otra media cartulina tenía forma de llama de fuego y la rojez necesaria. Eran dos mitades unidas con unas tiras de celo. Aquella antorcha en papel se desplegó mientras la tele retransmitía la apertura y se apagó más o menos con la misma sencillez cuando la clausura.

Aquel verano nos habíamos preparado a fondo. Bolígrafo en mano ante el televisor o ante las páginas del diario deportivo 'Dicen', apuntábamos nombres y apellidos de atletas, gimnastas, nadadores, piragüistas... en fin, lo que fuera... Nombres rarísimos algunos y otros menos, pero de sonoridades digamos que entretenidas. Cuando teníamos bastantes nos poníamos a realizar unas fichas, también de cartulina, con diseños de colores basados en las banderas de sus países. Y sobre cartulinas bien grandes en que habíamos dibujado las pistas de atletismo, las piscinas, etc. poníamos las fichas a competir a golpe de lanzamiento de dados, con una transcripción matemática a segundos, minutos, plusmarcas, etc.

Lo más entretenido era la narración... imitábamos a los comentaristas de entonces, que no eran tan plomizamente nacionalistas como lo de ahora y que hablaban más del deporte que de las nacionalidades de los deportistas. Lo más tremendo era que, al jugar siempre el azar, un desconocido velocista búlgaro igual podía sacarle cinco metros de ventaja al favorito yanqui, o que una nadadora de la RDA casualmente se hacía con el oro a la vez en la prueba de fondo y en la distancia más breve. Las piraguas eran divertidísimas: usábamos palillos de dientes, de los planos de toda la vida, y les pegábamos las fichas de colores y a correr, a base de golpe de dado, por sus calles, dibujadas bien rectas y con decoraciones que hacían el escenario más 'natural'. Que más daba si al final ganaban los japoneses o los holandeses... Lo importante era participar.

Total, que sin internetes ni nuevas tecnologías, con lápices Alpino y rotuladores Carioca, imaginación y paciencia, mi hermano mediano, nacido el año de la olimpiada de México (dos olimpiadas antes) y yo, nacido el año de la de Tokyo (tres antes), pasamos aquel verano haciendo correr, nadar y todo lo demás a un sinfin de personas con nombres y apellidos basados en hechos reales. Nos contemplaba y a veces tiraba también los dados nuestro hermano menor, nacido el año de la olimpiada de Munich (la anterior a Montréal). Llenamos unas cuantas libretas con anotaciones de las semifinales, finales, los registros, los círculos amarillos, grises y marrones de las medallas... Mientras por la radio o la tele hablaban de aquellos históricos... Alberto Juantorena, Nadia Comaneci o Irena Szewinska... a nosotros nos iba resultando otro medallero distinto, pero claro que nos daba igual, lo imaginábamos tan posible como el de las clasificaciones finales, que después pasaron a aquel maravilloso libro de resumen que nos cayó de regalo unos meses después...







Entonces las Olimpiadas eran otra cosa.
Claro que, bien mirado, de todo aquello, algo queda. El espíritu ese. Pues eso.